La intersección entre autismo y feminismo revela una lucha compartida por la visibilidad y el reconocimiento. Ambas comunidades han enfrentado históricamente la exclusión sistemática, la invalidación de sus experiencias y la necesidad constante de reclamar espacios donde sus voces sean escuchadas. Mientras el movimiento feminista lucha contra los estereotipos de género que limitan a las mujeres, las personas autistas confrontan mitos y prejuicios que niegan su humanidad completa. Esta convergencia no es accidental: ambas luchas cuestionan estructuras de poder que definen qué cuerpos, mentes y comportamientos son considerados «normales» o «aceptables». Explorar estas conexiones nos permite entender cómo los sistemas de opresión se entrelazan y cómo las resistencias pueden encontrar terreno común para construir alianzas transformadoras.

Foto por Anastasia Vityukova en Unsplash
Invisibilidad histórica: cuando las experiencias se silencian
Durante décadas, tanto las mujeres como las personas autistas han luchado contra la invisibilización de sus realidades. El movimiento feminista documenta cómo la historia se escribió predominantemente desde perspectivas masculinas, relegando las contribuciones femeninas a notas al pie. De manera paralela, la narrativa sobre el autismo ha estado dominada por voces no autistas—investigadores, médicos y familiares—que hablan sobre las personas autistas en lugar de escucharlas directamente. Esta dinámica refleja un patrón similar de paternalismo donde se asume que otros saben mejor qué necesitan estos grupos.
¿Quién tiene derecho a definir la experiencia ajena? Tanto el feminismo como la neurodiversidad desafían esta jerarquía del conocimiento. Las mujeres autistas, situadas en esta intersección, enfrentan una doble invisibilidad: sus experiencias son frecuentemente malinterpretadas o completamente ignoradas. Investigaciones recientes sugieren que muchas mujeres autistas desarrollan estrategias de «enmascaramiento» para camuflar sus características autistas, un esfuerzo agotador que refleja la presión social por ajustarse a normas neurotípicas y de género simultáneamente.
Diagnóstico y género: el sesgo que perpetúa la exclusión
Los criterios diagnósticos del autismo se desarrollaron principalmente observando a niños varones, creando un modelo estrecho que no captura la diversidad de manifestaciones del espectro. Este sesgo de género ha tenido consecuencias profundas: miles de mujeres y niñas autistas han pasado desapercibidas, sin acceso a apoyos ni comprensión sobre sus diferencias neurológicas. El feminismo ha expuesto cómo los sistemas médicos frecuentemente patologizan los cuerpos y comportamientos femeninos, y el campo del autismo no es la excepción.
Mujeres autistas relatan cómo sus intereses intensos fueron descartados como «obsesiones femeninas» triviales, mientras que los mismos patrones en hombres eran considerados signos de especialización. Sus dificultades sociales fueron atribuidas a timidez o ansiedad—etiquetas que ignoraban la raíz neurodivergente. Esta invalidación sistemática tiene un costo real en la salud mental y la calidad de vida. Datos actuales muestran que las mujeres autistas son diagnosticadas en promedio varios años más tarde que los hombres, un retraso con implicaciones significativas.
Mujeres autistas no diagnosticadas
El fenómeno de las mujeres autistas no diagnosticadas ilustra perfectamente esta intersección. Muchas descubren su autismo en la edad adulta, después de años de sentirse fuera de lugar sin comprender por qué. Sus relatos frecuentemente incluyen experiencias de ser malinterpretadas en contextos sociales, de sentir agotamiento extremo por intentar cumplir expectativas neurotípicas, y de luchar contra condiciones comórbidas como ansiedad y depresión. Estas experiencias resuenan con la conceptuación feminista de la «doble jornada»—aquí representada como el esfuerzo adicional de navegar un mundo no diseñado para mentes neurodivergentes.
Interseccionalidad en el autismo
La interseccionalidad—concepto central del feminismo moderno—resulta crucial para entender las experiencias autistas. Una mujer autista racializada, por ejemplo, enfrenta estereotipos adicionales que afectan cómo se interpretan sus comportamientos. Mientras que una niña blanca autista podría ser considerada «tímida» o «soñadora», una niña negra con los mismos traits podría ser etiquetada como «problemática» o «agresiva». Estas diferencias en la percepción afectan directamente el acceso al diagnóstico y apoyo. Reconocer estas capas de opresión es esencial para construir un movimiento de neurodiversidad verdaderamente inclusivo.
Activismo y auto-representación: nada sobre nosotras sin nosotras
Uno de los paralelos más poderosos entre ambos movimientos es la lucha por la auto-representación. El feminismo históricamente ha insistido en que las mujeres deben ser las protagonistas de su propia liberación—no objetos pasivos de estudio o beneficencia. Del mismo modo, el movimiento de neurodiversidad promueve el lema «nada sobre nosotros sin nosotros», rechazando las narrativas que infantilizan o victimizan a las personas autistas. Ambas luchas comparten un rechazo a ser habladas por otros.
La creciente visibilidad de activistas autistas—especialmente mujeres y personas no binarias—ha transformado el diálogo público sobre el autismo. Plataformas como NeuroClastic y The Autistic Advocate centran voces autistas que comparten experiencias directas, desafían estereotipos y educan desde dentro de la comunidad. Este activismo digital recuerda la importancia que tuvo la prensa feminista underground en decades pasadas para crear contranarrativas. Las redes sociales han permitido que mujeres autistas se conecten globalmente, compartiendo estrategias de afrontamiento y construyendo solidaridad.
Cuerpos y neurodiversidad: más allá del binomio mente-cuerpo
Tanto el feminismo como la advocacy autista cuestionan la separación artificial entre mente y cuerpo. El feminismo ha desafiado la medicalización de los cuerpos femeninos, mientras que el movimiento de neurodiversidad cuestiona la patologización de las mentes diferentes. Para las personas autistas, las experiencias sensoriales—tan centrales a su forma de habitar el mundo—demuestran que la neurología se expresa corporalmente. El feminismo disability-inclusive ya había señalado que la accesibilidad no es solo sobre rampas, sino sobre reconocer la diversidad de formas de experimentar la realidad.
Las mujeres autistas frecuentemente describen cómo sus experiencias sensoriales afectan su relación con expectativas de género—desde la incomodidad con la ropa «femenina» hasta la sobrecarga sensorial en espacios sociales tradicionalmente femeninos. Estas experiencias ilustran cómo las normas de género operan no solo socialmente sino también a nivel sensorial y neurológico. ¿Cómo negociar las expectativas de performatividad de género cuando ciertas telas, sonidos o proximidades físicas causan dolor genuino? Esta pregunta sitúa a las mujeres autistas en una encrucijada única entre opresiones.
Derechos reproductivos y autonomía
La autonomía corporal—piedra angular del feminismo—adquiere dimensiones adicionales para las personas autistas. Muchas mujeres autistas reportan que profesionales médicos cuestionan su capacidad para tomar decisiones sobre su salud reproductiva, perpetuando estereotipos sobre su competencia parental. Esta paternalización refleja actitudes históricas hacia las mujeres en general, cuya agencia moral fue sistemáticamente negada. La lucha por el derecho al aborto, por ejemplo, intersecta con el derecho de las personas discapacitadas a tomar decisiones sobre sus cuerpos sin coerción.
Alianzas futuras: construyendo puentes entre movimientos
La potencial solidaridad entre feminismo y neurodiversidad ofrece frameworks poderosos para la justicia social. Ambos movimientos comparten críticas al ableismo y al sexismo como sistemas interconectados de opresión. El concepto feminista de «ética del cuidado» podría expandirse para incluir relaciones de interdependencia neurodivergente, desafiando el mito del individuo autosuficiente. Simultáneamente, la perspectiva autista sobre la comunicación no verbal y las interacciones sociales podría enriquecer la comprensión feminista de cómo el género se performa más allá del lenguaje.
Organizaciones como Autistic Women & Nonbinary Network ya trabajan en esta intersección, creando recursos por y para personas autistas marginadas por género. Su trabajo demuestra cómo las luchas aparentemente separadas comparten raíces comunes en la lucha por la autodeterminación y el rechazo a la normalización coercitiva. El futuro de ambos movimientos probablemente involucrará más colaboración consciente, reconociendo que la liberación de un grupo está inextricablemente ligada a la liberación de todos.
La convergencia entre autismo y feminismo nos recuerda que los sistemas de opresión rara vez operan de forma aislada. Las mujeres autistas—y todas las personas en intersecciones marginadas—encarnan estas conexiones en sus experiencias diarias. Escuchar sus voces no solo enriquece ambos movimientos, sino que nos acerca a una comprensión más compleja y honesta de la justicia. Al final, tanto el feminismo como la neurodiversidad persiguen un mundo donde nadie tenga que pedir permiso para existir en sus términos.

