En los últimos años, el feminismo interseccional ha emergido como una fuerza transformadora en América Latina, desafiando estructuras de poder profundamente arraigadas y proponiendo un enfoque inclusivo que considera cómo las identidades múltiples —como raza, clase y género— se entrelazan para crear experiencias únicas de opresión y privilegio. Este marco teórico y práctico, originado en el trabajo de académicas como Kimberlé Crenshaw, ha encontrado un terreno fértil en una región marcada por la desigualdad económica, el legado colonial y luchas históricas por los derechos humanos. ¿Cómo está moldeando este movimiento las demandas sociales y políticas actuales?

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Orígenes y Contexto del Feminismo Interseccional
El término feminismo interseccional fue acuñado por la jurista afroestadounidense Kimberlé Crenshaw a finales de los años ochenta, aunque sus raíces conceptuales se remontan a luchas anteriores lideradas por mujeres racializadas. Crenshaw argumentaba que las experiencias de las mujeres negras no podían entenderse simplemente sumando racismo y sexismo, sino que debían analizarse como un sistema entrelazado de opresión. Esta idea resonó profundamente en Latinoamérica, donde las activistas pronto adaptaron el marco a realidades locales caracterizadas por jerarquías raciales complejas, economías informales masivas y Estados con capacidad limitada para garantizar derechos básicos.
Organizaciones como el Colectivo de Mujeres del Sur en Perú o la Coordinadora Nacional de Mujeres Negras en Brasil comenzaron a integrar este enfoque en sus demandas, señalando que las políticas feministas tradicionales —a menudo centradas en mujeres blancas de clase media— excluían problemáticas urgentes como el acceso al agua en comunidades rurales, la esterilización forzada de mujeres indígenas o la criminalización de la pobreza.
Raza e Identidad en el Contexto Latinoamericano
América Latina ha construido narrativas nacionales alrededor del mestizaje, presentándolo como un ideal de harmonía racial. Sin embargo, esta idea frecuentemente oculta racismos estructurales que afectan particularmente a las mujeres. El feminismo interseccional desmonta estos mitos al evidenciar cómo el color de piel, el origen étnico y la cultura condicionan oportunidades económicas, acceso a la justicia y exposición a la violencia.
El Legado Colonial y el Mito del Mestizaje
Desde la colonización, las estructuras sociales latinoamericanas han estado organizadas alrededor de distinciones raciales que privilegian lo europeo sobre lo indígena o africano. Aunque países como México o Bolivia celebran su herencia indígena en discursos oficiales, las estadísticas revelan brechas abismales: las mujeres indígenas tienen tres veces menos probabilidades de terminar la educación secundaria y enfrentan tasas de mortalidad materna significativamente más altas. El movimiento zapatista en Chiapas, por ejemplo, incorporó tempranamente una perspectiva feminista interseccional al demandar autonomía para las comunidades mayas mientras cuestionaba prácticas patriarcales internas.
Mujeres Indígenas y Afrodescendientes: Luchas y Resistencias
La defensa del territorio se ha convertido en un frente central para muchas mujeres racializadas. En Honduras, Berta Cáceres —líder indígena lenca— fue asesinada por oponerse a proyectos hidroeléctricos que amenazaban ríos sagrados. Su caso ilustra cómo el género, la etnia y la clase se cruzan en luchas ambientales. Simultáneamente, colectivos de mujeres afrodescendientes en Colombia o Ecuador destacan cómo el desplazamiento forzado por conflictos armados o megaproyectos afecta desproporcionadamente a sus comunidades, aumentando su vulnerabilidad económica y social.
Clase y Desigualdad Económica
Latinoamérica sigue siendo la región más desigual del mundo, y las mujeres cargan con el peso de esta disparidad. El feminismo interseccional aquí no solo habla de igualdad salarial —aunque también— sino de cómo el capitalismo extractivista, la deuda externa y las políticas de austeridad impactan diferencialmente según género, raza y ubicación geográfica.
La Economía de los Cuidados y la Precariedad Laboral
Más del 70% del trabajo de cuidados no remunerado recae sobre mujeres, particularmente aquellas de bajos ingresos. En países como El Salvador o Guatemala, muchas jóvenes migran a ciudades para trabajar como empleadas domésticas en condiciones cercanas a la explotación, sin seguridad social ni horarios definidos. Colectivos como SINTRACAP en Paraguay organizan a estas trabajadoras, exigiendo reconocimiento legal y protecciones básicas. ¿Cómo puede hablarse de emancipación feminista si ignoramos estas realidades?
Movilizaciones Populares y Demandas de Redistribución
Las protestas masivas en Chile en 2019, iniciadas por estudiantes evadiendo el metro, pronto incorporaron consignas feministas que conectaban el alto costo de vida con la privatización de servicios esenciales. La performance “Un violador en tu camino” del colectivo Lastesis criticaba no solo la violencia machista sino al Estado como cómplice. Esta articulación entre clase y género también es visible en movimientos por vivienda digna en Brasil, donde mujeres negras lideran ocupaciones urbanas argumentando que el derecho a la ciudad es una cuestión feminista.
Género y Estructuras de Poder
El patriarcado en Latinoamérica opera de maneras particulares, influenciado por tradiciones católicas, historias de dictaduras y modernas formas de fundamentalismo religioso. El feminismo interseccional analiza cómo estas estructuras se intersectan con otros ejes de opresión, produciendo jerarquías incluso dentro de los movimientos sociales.
Violencia Machista y Respuestas Colectivas
La región tiene algunas de las tasas más altas de feminicidios a nivel global, con números especialmente graves en Centroamérica y el Caribe. Pero la violencia no se distribuye uniformemente: las mujeres trans, por ejemplo, enfrentan expectativas de vida dramáticamente bajas debido a crímenes de odio y falta de acceso a salud. Colectivas como Antígonas en Perú documentan estos casos y presionan por legislaciones que consideren las dimensiones raciales y económicas de la violencia.
Diversidad Sexual y de Género
Aunque avances como el matrimonio igualitario en Argentina o México son celebrados, activistas señalan que estos derechos a menudo benefician primero a personas blancas y urbanas. Mujeres lesbianas o bisexuales en áreas rurales todavía enfrentan estigmatización familiar y exclusión laboral. Las tensiones entre movimientos LGBTIQ+ y feministas han llevado a debates necesarios sobre inclusión, privilegio y la necesidad de alianzas basadas en interseccionalidad rather than identidades aisladas.
Casos de Estudio: Movimientos Representativos
Algunos movimientos encarnan particularmente bien las luchas del feminismo interseccional en la región, combinando estrategias creativas con demandas transformadoras.
Ni Una Menos: De Argentina al Mundo
Nacido en 2015 como respuesta a una seguidilla de feminicidios, Ni Una Menos rápidamente evolucionó desde una consigna contra la violencia machista hacia una plataforma que abarca educación sexual integral, derecho al aborto y reformas económicas. Su fuerza radica en una estructura horizontal que incluye desde adolescentes hasta abuelas, y su capacidad para tender puentes entre barrios populares y centros urbanos. La legalización del aborto en Argentina en 2020 fue en gran medida resultado de esta movilización persistente que nunca separó género de clase.
Las Mujeres en la Resistencia Ecuatoriana
Durante las protestas indígenas de 2019 contra medidas de austeridad, mujeres kichwas y waorani estuvieron en primera línea, organizando comedores comunitarios y protegiendo a manifestantes. Su participación desafiaba estereotipos sobre mujeres indígenas como víctimas pasivas, mostrando liderazgos complejos que negociaban simultáneamente con el gobierno y dentro de sus propias comunidades para cuestionar machismos internalizados. La imagen de una mujer indígena enfrentando a soldados con sus hijos a la espalda se volvió icónica.
Desafíos y Futuro del Movimiento
Pese a su crecimiento, el feminismo interseccional enfrenta obstáculos significativos. En muchos países, elites políticas y mediáticas lo caricaturizan como “ideología de género” para desacreditarlo. Internamente, existen tensiones alrededor de quién representa al movimiento y cómo evitar reproducir dinámicas exclusionarias. La financiación es otro reto —colectivos de base frecuentemente operan con recursos mínimos mientras ONGs grandes captan atención internacional.
Sin embargo, su futuro parece promisorio. Nuevas generaciones de activistas utilizan redes sociales para viralizar demandas y crear solidaridades transfronterizas. La integración de perspectivas ecologistas y anticapacitistas está enriqueciendo el análisis interseccional. Y cada vez más, mujeres desde favelas, comunidades andinas o barrios marginales están redefiniendo qué significa luchar por un futuro justo —no solo para algunas, sino para todas.

